miércoles, 10 de noviembre de 2010

500 palabras

Las letras flotan en el aire junto a las motas de polvo y la luz del Sol, en paz con su significado. Pero como niños después de la última clase, se desordenan y enredan entre experiencias pasadas, sentimientos y emociones al entrar dentro de mí, transformándose en palabras arcanas y crípticas que se miran como soldados enemigos con la escopeta apuntando al corazón ajeno y el miedo en la boca del estómago. Tus visajes, antes bienvenidos, son intrusos a los que les arrojo aceite hirviendo desde mi alcázar, ladrones sibilinos que en un callejón oscuro me amenazan con un cuchillo.
No hay nada que podamos hacer, estamos arrinconados en nuestros prodigios mudos, perdidos en el laberinto de nuestros intestinos. Me asomo por la ventana y nos veo cogidos de la mano, infectados de la crueldad de la inocencia, jugando a confundirnos. Paseamos por la imaginación de las calles de la ciudad, de los silencios que no lo eran y de los sonidos que hacen temblar de frío; por sus avenidas, siempre cuesta abajo, te rozaba la soledad y se te ponía la piel de gallina, sentía como te estremecías en mi columna vertebral.
Nuestra incomunicación es la incomunicación del universo, vetusta y venenosa como la vergüenza, nos ha alejado al uno del otro desde que se emitió el primer sonido, añadiendo un pequeño abismo por cada palabra sumada al idioma decano. Ahora, perdidos en el océano de la retórica, buscamos en la ceguera de los secretos un sueño al que agarrarnos para volar al origen de los abrazos. Y es que husmeamos entre la basura del amor, aguantando las mordeduras de las ratas y el olor podrido de los cadáveres de las personas que éramos, con la ilusión de que los recuerdos dejen de ser heridas infectadas de gloria.
¿Por qué lo que más amaba ahora es destierro? Te llevas el índice a la boca mandando callar a las esperanzas de sinergia como una bibliotecaria quisquillosa y me llamas mentiroso cuando zurzo mis entrañas con tus lágrimas. Respondiendo a tus achaques te grito a ti, al día que se me aceleró el corazón cuando te vi, al instante de tu nacimiento. Negando que somos estafados por los tiempos pretéritos, nos envolvemos en sábanas blancas con dos agujeros y follamos asustándonos con la falsa seguridad de la arrogancia en el aislamiento en la inmensidad de la cama, mirando a la misantropía con la timidez de unos adolescentes que no saben que decir. Por un segundo pienso que todo se puede arreglar si te doy quinientas palabras de ventaja, pero cuando empiezas a hablar de nuevo, el orgullo vence y la nada regresa. Y en la paz de la tormenta, nos susurramos al oído que la peor soledad se divide por dos.